miércoles, 27 de mayo de 2009

Ruinas y óxido

Ruinas y oxido. Una combinación que crece como la curva exponencial del olvido por esos lugares que un día tuvieron palacios, casas señoriales e incluso castillos, y ahora, en el mejor de los casos, intentar abrillantar turisticamente los recuerdos que casi nadie ya recuerda, porque casi nadie hay para hacerlo.

Como bien decía aquella muchacha, experta en arte, a veces necesitamos aportar nuestra particular visión a las cosas, para hacer la historia nuestra, para contagiar nuestro entusiasmo a los que nos escuchan, para devolverle quizá el esplendor que nunca tuvo, para sentir el latido efímero de otros tiempos…

Caminar es ir descubriendo lugares, mirar y preguntarse qué es algo, y también cuál ha sido el derrotero que ha hecho que llegasen así hasta ese ahora, que a veces agoniza y otras pide auxilio mientras nos sentimos atados de pies y manos o, simplemente, miramos cobardemente hacia otro lado pensando que eso no va con nosotros…

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos
voy caminando solo
triste, cansado, pensativo y viejo.

Antonio Machado.

Foto: Aguilera (Soria)

martes, 19 de mayo de 2009

Nuestros pueblos

Pienso mientras recorro con la mirada kilómetros que son pestañeos y lugares que se vistieron de fiesta en otros tiempos y ahora apenas si logran, los más afortunados, con cubrirse la piel con algunos visitantes que buscan olvidarse del mundanal ruido. Nombres propios que luchan por seguir erguidos mientras se encorvan sus paredes y se oxidan sus balcones. Lugares cuya historia morirá en su mayor parte cuando la tierra golpee el ataúd del último habitante que allí anduvo.
Iglesias románicas, atalayas, castillos,… piedras y tejas, polvo y caminos, muchas veces transitados pero cada vez, menos vividos. Silencios que van creciendo como zarzas a su libre albedrío, nostalgias que carcomen los recuerdos. El cáncer de la despoblación recorre nuestros pueblos.

Foto: Balcón en Modamio (Soria)

miércoles, 8 de abril de 2009

Volver...

Habla el periódico estos días de porcentajes y balances entre un ayer y un ahora en el que las cuentas arrojan resultados con tintes amargos. Escriben de esta tierra fría, como la de un desierto demográfico. Y lo es, o al menos tiende a ello, con esa perdida gradual de población que parece ser complicado de remediar. Dicen que esta tierra es poco atractiva para los nativos, y quizá eso duele tanto o más como ver como la desidia y el olvido institucional arraigan en esa tierra.

Volver, esa utopía que golpea en la cabeza de la mayoría que nos fuimos esperando regresar, pero nunca encontramos ese un sitio para hacerlo. Deambulas por otros lugares, sobrevives a la rutina diaria, incluso echas (o menos lo intentas) raíces en otra tierra que no es la tuya ni sentirás tuya, pero cuando algo te trae al ahora un soplo de aire del Moncayo, o una gota de agua del Duero, o simplemente unas líneas con los latidos de esa tierra, uno vuelve a sentir el dolor de la nostalgia. También la ilusión por volver, por reemprender inversamente el camino que nos llevo lejos, por regresar a casa. Perdón, por regresar al hogar, como hijos pródigos que somos….

Foto: Velasco, otro pueblo abandonado