viernes, 19 de septiembre de 2008

Faro deshabitado

Dice Eduard Pusset que la felicidad es la ausencia de miedo, que las sensaciones son efímeras e igual que el dolor no dura siempre, la felicidad tampoco… Quizá esé afán nuestro por estar siempre en ese paraíso, nos haga desdichados. Tal vez sea necesario asumir que este camino hay llanos y subidas, pero también descensos. Y en cualquiera de estos puntos intermedios entre una estación y otra, hay un mirador al que asomarnos. No se puede frenar ni acelerar el tiempo. Sólo se puede congelar entre un pestañeo y otro. Todo lleva su curso como las gotas de lluvia atraídas por la tierra. Tal vez nuestra acrofobia nos impida situarnos frente a un acantilado, pero a menudo nuestra senda discurre paralela a ellos. Adrenalina o ansiedad, mariposas y pinchazos en el estomago en esta montaña rusa existencial que cada uno vive a su modo...

Desde este faro deshabitado que no mira al mar sino al interior, librando nuestra particular batalla con uno de esos molinos de viento que contaminan el paisaje, me pregunto si no seremos nosotros mismos nuestros peores enemigos. Esa conciencia y esa ambición que marcan el ritmo de nuestro reloj, arrastrandonos hacia delante, sin pausa, con prisa, como aquel que necesita escapar desesperadamente del ahora …

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Paisajes interiores

No hay en su piel ni la lozanía ni la provocación de la juventud sino las huellas del tiempo atrapadas entre los surcos de las arrugas, la serenidad del crepúsculo en ese deambular hacia ninguna parte y las lágrimas derramadas en la soledad de un rincón. Es vagabundear por las reminiscencias de una historia que se borra en cada campanada de clamor, en cada palada de tierra, en cada corona de flores.

El olvido es la catarata en nuestra mirada, el caminar torpe por senderos que un día fueron vías transitadas, amargas mordazas a los recuerdos

No queda nada más que una fina capa de epidermis que apenas si sujeta a esos ríos de sangre que surcan las manos, retazos de piel que fueron soldados en la primera línea de batalla. Es desnudez propiamente dicha, el refugio del olvido, la alfombra raída de la apariencia, el derrumbe de castillos y fortalezas.

Sólo quedan nostalgias y recuerdos, veredas sin transeúntes, zarzamoras que nadie recoge e inviernos de abandono que en lugar de menguar, crecen…

Es lo que hay: arquitecturas personales y paisajes interiores, luces y sombras, hojas en blanco y álbumes vacíos, palabras y silencios, una reserva a nuestro nombre en un viaje con destino desconocido…

martes, 26 de agosto de 2008

Donde ya nadie espera


Dicen que hay un lugar donde ya nadie espera, donde el viento es el arco que arranca notas a esos muros que antes fueron casas y ahora son simples nostalgias. Ausencias que han dejado crecer la hierba y las zarzas, chimeneas que se encorvan, soledades que se filtran entre las piedras y los adobes. Tristezas que salen en busca del sol de primavera, trinos que nadie escucha y silencios que son sepulcros.


La grandeza se va resquebrajándose, las arrugas del olvido aparecen entre las grietas, y el frío se ha acomodado ahí donde un día hubo fuego y pucheros.

Ahí, donde ya nadie espera, porque nadie hay más que las sombras de los recuerdos que se van borrando, porque nadie hay que los cuente, porque nadie hay que le interese escucharlos… Ahí, en todos y en cada uno de esos lugares donde el abandono comienza a acampar a sus libre albedrío como mala hierba que nadie arranca, ahí donde la despoblación ha enmudecido el tañer de la campana, ya nadie reza una oración ni por los que arroparon sus cuerpos fríos con tierra ni por los que salieron en busca del oasis soñado.


Llueve pero nadie lo oye, porque nadie hay… y lo que es más desolador, nadie habrá..