miércoles, 15 de octubre de 2008

Paraísos perdidos


En aquel pueblo deshabitado encontré uno de esos paraísos perdidos. Tiene ausencias y nostalgias impregnadas en cada rincón, la mirada moribunda de las casas que no han sabido sobrevivir sin el calor familiar. El frío de la desolación recorría las calles y se cobijaba en cada esquina de esos hogares que dejaron de serlo, cuando sus dueños cerraron la puerta definitivamente. Maldigo la cruel condena de los que fueron desterrados, y la muerte lenta y silenciosa de lo que allí se quedó. ¿Cómo explicar que en medio de tanta tristeza, uno encuentra su remanso de paz? ¿Cómo decir que uno siente que vuelve a casa cuando recorre un lugar desconocido, donde uno puede coger a manos llenas soledades y abandonos? ¿Cómo hablar de esos lugares hambrientos de caricias humanas, que visten harapos de ruinas, y no sentir rabia ante la barbarie de la emigración? ¿Cómo no sentir el dolor cuando uno ve cómo en cada pedazo de yeso que cae de una bóveda, en con cada adobe que se precipita al suelo, una parte de la historia no sólo muere sino que desaparece diluyéndose inevitablemente en nuestra memoria? ¿Cómo no hacer propias las lágrimas de aquella anciana que regresaba a visitar el pueblo de su niñez y que ahora parece más que nunca un fantasma? ¿Cómo explicar que en medio de las ruinas, encontré un paraíso perdido, que tenía el corazón partido entre la ilusión por estar allí y la impotencia de no poder hacer nada?

viernes, 19 de septiembre de 2008

Faro deshabitado

Dice Eduard Pusset que la felicidad es la ausencia de miedo, que las sensaciones son efímeras e igual que el dolor no dura siempre, la felicidad tampoco… Quizá esé afán nuestro por estar siempre en ese paraíso, nos haga desdichados. Tal vez sea necesario asumir que este camino hay llanos y subidas, pero también descensos. Y en cualquiera de estos puntos intermedios entre una estación y otra, hay un mirador al que asomarnos. No se puede frenar ni acelerar el tiempo. Sólo se puede congelar entre un pestañeo y otro. Todo lleva su curso como las gotas de lluvia atraídas por la tierra. Tal vez nuestra acrofobia nos impida situarnos frente a un acantilado, pero a menudo nuestra senda discurre paralela a ellos. Adrenalina o ansiedad, mariposas y pinchazos en el estomago en esta montaña rusa existencial que cada uno vive a su modo...

Desde este faro deshabitado que no mira al mar sino al interior, librando nuestra particular batalla con uno de esos molinos de viento que contaminan el paisaje, me pregunto si no seremos nosotros mismos nuestros peores enemigos. Esa conciencia y esa ambición que marcan el ritmo de nuestro reloj, arrastrandonos hacia delante, sin pausa, con prisa, como aquel que necesita escapar desesperadamente del ahora …

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Paisajes interiores

No hay en su piel ni la lozanía ni la provocación de la juventud sino las huellas del tiempo atrapadas entre los surcos de las arrugas, la serenidad del crepúsculo en ese deambular hacia ninguna parte y las lágrimas derramadas en la soledad de un rincón. Es vagabundear por las reminiscencias de una historia que se borra en cada campanada de clamor, en cada palada de tierra, en cada corona de flores.

El olvido es la catarata en nuestra mirada, el caminar torpe por senderos que un día fueron vías transitadas, amargas mordazas a los recuerdos

No queda nada más que una fina capa de epidermis que apenas si sujeta a esos ríos de sangre que surcan las manos, retazos de piel que fueron soldados en la primera línea de batalla. Es desnudez propiamente dicha, el refugio del olvido, la alfombra raída de la apariencia, el derrumbe de castillos y fortalezas.

Sólo quedan nostalgias y recuerdos, veredas sin transeúntes, zarzamoras que nadie recoge e inviernos de abandono que en lugar de menguar, crecen…

Es lo que hay: arquitecturas personales y paisajes interiores, luces y sombras, hojas en blanco y álbumes vacíos, palabras y silencios, una reserva a nuestro nombre en un viaje con destino desconocido…